Un sacerdote católico vasco denuncia el silencio cómplice de Ibarrtexe y la Iglesia sobre la tortura a vascas y vascos
es el título que la RED VASCA ROJA ha dado al artículo de Jesús Lezaun que, bajo el título
Dejadme al menos que me queje,
publicó en GARA el 13 de diciembre de 2001.
Jesús Lezaun * Sacerdote
Dejadme al menos que me queje
No son tiempos brillantes ni estimulantes los que está viviendo la huma- nidad, lo que llaman España y Euskal Herria.
Desde los sucesos del 11 de septiembre se ha acentuado en el mundo entero y aquí (aquí más bien se ha agudizado, pues ya existía todo mucho antes) un alocado frenesí que, de no amainar rápidamente, nos va a llevar a todos al abismo. Nadie reacciona, ni siquiera aquellos a quienes les afectaría directamente, como los que se dicen abertzales. Ni siquiera la Iglesia, que es, quizá, la que más debía reaccionar, si es que en realidad es lo que se cree. Clamó, ciertamente, el Papa con voz temblorosa y casi cavernosa por el dolor, pero inmediatamente ahogaron su voz sus más inmediatos colaboradores. Quiere insistir, pero lo rodean inmediatamente de un silencio hosco, abismal, mortal, infer- nal, tenebroso.
Se han oído cosas terroríficas, demenciales y todo el mundo ha callado e incluso se ha apresurado a ofrecer su ayuda donde quiera que sea, para lo que sea, sabiendo de antemano que es para la guerra feroz, sin límites, sin leyes, ni siquiera de guerra, sin piedad y racionalidad alguna.
Se ha hablado explícitamente de venganza, de justicia infinita, de mentira oficial, de tergiversación adrede de la verdad, de destrucción total, de muerte a toda costa, de tribunales militares secretos, de leyes escalofriantes, de detenciones con total nocturnidad y alevosía, de sanciones y penas de dureza y duración inacabables, de ilegalizaciones caprichosas e imbéciles. Ha habido relevantes políticos abertzales que se han alegrado de las detenciones de familiares suyos, de acciones de guerra total, y nadie dice nada, todo el mundo anda tan tranquilo, gozoso incluso. Tenemos la razón, Dios está con nosotros, es la guerra del bien contra el mal. Y todo el mundo calla, aunque sean encopetados purpurados de la Iglesia los que oyen directamente tales barbaridades. El silencio de los corderos.
Dos generales, uno de Francia y otro de España, han hablado con total tranquilidad y desfachatez de la guerra sucia, de las torturas inevitables, beneficiosas incluso, necesarias, y lo han hecho, incluso, ante los tribunales de Justicia. Y casi todo el mundo lo aprueba, lo aplaude. Políticos de aquí, nada menos que el lehendakari Ibarretxe, niegan la existencia de la tortura en las mazmorras de la Policía vasca tan ejemplar ella, pero que muchos ven como el fracaso paradigmático de lo que pudo haber sido y no fue. La Iglesia no dice nada ante tales barbaridades, porque ella misma es maestra acabada de inhumanidad al respecto en la historia de torturas, de guerras santas, de fuegos abrasadores, de decapitaciones y muertes.
Son tiempos terribles los que nos toca vivir. Y la Iglesia, repito, calla, mira a otra parte, como si la cosa no fuera con ella, ocupada, acaso en sacar buena rentabilidad a sus dineros, en condenar píldoras o condones asesinos. ¡Terrible! «Una Iglesia que no sirve, no sirve para nada», escribía un obispo famoso, también él terriblemente reprimido. Hay, incluso, más de uno en la Iglesia que en la práctica incita a eso, que resulta al menos tan cruel como los políticos y tribunales. ¡Inaudito! Pero tuvo sus gloriosos predecesores, incluso místicos y seráficos santos como, por ejemplo, nada menos que San Bernardo. ¡Quién lo diría!
Yo ya no creo en esta Iglesia desleal a Jesús de Nazaret, ni en la política. Menos aún en los políticos inútiles y aprovechados hasta el extremo. No creo en la humanidad irredente. Creo en los pobres, en los machacados, en los reprimidos, en los humildes y sin poder. Creo en Jesús y en la racionalidad, y si se quiere en la cordura y en la misericordia. Por no creer no creo en la capacidad de bondad del hombre irredento, lobo para su hermano, según dijo el filósofo. Estos días hemos hablado del Reino de Dios. Pero aquí no hay Reino de Dios, sino reino del mal, de la irracionalidad, de la represión, de la venganza, de alegrarse del mal ajeno, del poder económico desatado, político y militar contra el débil, el disidente, el distinto, el pobre. Dicen paz, y no hay (ni quieren) paz. Dicen justicia, y no hay más justicia que la de los escribas y fariseos, que no entrarán en el Reino de los cielos.
Una Iglesia, unos políticos que no sirven, no sirven para nada. La guerra la hace cualquiera. Basta con ser un violento, aunque sea disfrazado. Lo que es difícil hacer es la paz. Para eso hay quererla de verdad. Como en los mejores tiempos del Antiguo Testamento, el Dios vengativo de los ejércitos cabalga alocado sobre la tierra sembrando por doquier dolor, sudor y lágrimas. ¡Seáis todos malditos! *